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19.1.08

JOSE ANGEL VALENTE (Biografía)

(Ourense, 1929-Ginebra, 2000)

José Ángel Valente es, sin duda, uno de los escritores españoles más importantes y significativos de la literatura de postguerra, pero, al mismo tiempo, es también una de las personalidades intelectuales más relevantes de la cultura europea del siglo XX.
Nacido en Ourense el 25 de abril de 1929, vivió su infancia y su adolescencia en Galicia, en cuya Universidad comenzó a estudiar Derecho. En los años cuarenta publicó versos en gallego y se relacionó con el galleguismo cultural, actitud lingüística que brotará en los años ochenta con el poemario Sete cántigas de alén (1981), luego ampliado en Cántigas de alén (1989), y con otros escritos en prosa de motivación galaica. Además, Galicia -y, particularmente, su ciudad natal- tiene una importante presencia en su obra en castellano.
La obra en verso de José Ángel Valente, muy personal e independiente, fue insertada con mayor o menor fortuna interpretativa, pero innegable perspectiva cronológica, en el llamado grupo poético de los años cincuenta o generación del medio siglo. Sin embargo, el permanente alejamiento físico e intelectual del poeta, la renovadora originalidad de su obra y la deliberada desconexión de uno y otra con respecto a dicho agrupamiento, hacen de José Ángel Valente un autor único y singular, ajeno a toda escuela y a cualquier tendencia preestablecida. Se trata, en fin, de un poeta diferente, que, como ya se escribió, es lo mejor que se puede decir de un poeta.
Su trayectoria poética castellana es sobradamente conocida por el lugar central que ocupa en la literatura española de postguerra y por su progresiva apertura a la más avanzada modernidad europea. Así lo atestiguan sus libros y opúsculos A modo de esperanza (1955), Poemas a Lázaro (1960), La memoria y los signos (1966), Siete representaciones (1967), Breve son (1968), Presentación y memorial para un monumento (1970), El inocente (1970), Treinta y siete fragmentos (1972), El fin de la edad de plata (1973), Interior con figuras (1976), Material memoria (1978), Tres lecciones de tinieblas (1980), Estancias (1981), Tránsito (1982), Mandorla (1982), El fulgor (1984), Nueve poemas (1986), Al dios del lugar (1989), No amanece el cantor (1992, premio Nacional de Poesía) y Fragmentos de un libro fututo (2000).
Con el título de Punto cero, recogió su poesía en 1972 (incluyendo también Treinta y siete fragmentos, obra no publicada en edición independiente hasta 1989) y en 1980. Fue antologado en Noventa y nueve poemas (1981), por José-Miguel Ullán, y en Entrada en materia (1985), por Jacques Ancet, así como traducido al francés, portugués, italiano, inglés y alemán en libros y revistas editados en Francia, Canadá, Bélgica, Portugal, Italia, Gran Bretaña, Estados Unidos y Alemania. Además, alguno de sus poemas castellanos fue traducido al gallego, mientras que su obra en gallego fue traducida íntegramente al castellano y al catalán. Esporádicamente, escribió también versos en francés, como los contenidos en el pliego A Madame Chi, en remerciement du réveil (1982).
Su conexión con la más granada tradición poética occidental puede apreciarse también en sus traducciones de creadores de tan diversa procedencia lingüística como John Donne, John Keats, Gerard Manley Hopkins, Konstantinos Cavafis, Benjamin Péret, Paul Celan, Eugenio Montale o Edmond Jabés, así como, incluso, en su versión inédita del prólogo griego al Evangelio según San Juan.
En cuanto a su relación con la más fructífera avanzada artística europea, puede recordarse que es autor de libros de arte en colaboración con pintores como Antonio Saura (Emblemas, 1978), Antoni Tàpies (El péndulo inmóvil, 1982), Paul Rebeyrolle (Desaparición Figuras, 1982) o Jürgen Partenheimer (Raíz de lo cantable, 1991), así como con la fotógrafa Jeanne Chevalier (Calas, 1980).
Cultivador de la más rigurosa prosa poética y narrativa, su primera obra de este género, Número trece (1971), fue secuestrada por la censura franquista y le ocasionó un auto de procesamiento, pero pudo ser parcialmente reunida en El fin de la Edad de Plata (1973), ciclo complementado más adelante con Nueve enunciaciones (1982).
Colaboró muy asiduamente en la prensa cultural española de postguerra, a veces en modo polémico, pero siempre esclarecedor. Buena parte de sus ensayos esparcidos por medios diversos fueron reunidos en Las palabras de la tribu (1971) y en La piedra y el centro (1983). A este último volumen incorporó su Ensayo sobre Miguel de Molinos, que había servido de introducción a su edición de la Guía espiritual, seguida de Fragmentos de la «Defensa de la contemplación», de dicho místico heterodoxo (1974), textos sobre los que volvió en prólogo y edición posteriores (1989). Como Lectura en Tenerife (1989) fue publicada una presentación y selección de textos propios leídos en dicha isla.
El reconocimiento crítico de la obra en verso y en prosa de José Ángel Valente fue inmediato y perdurable, aunque no siempre estuvo a la altura de su calidad literaria. Su primer libro, A modo de esperanza, obtuvo el Premio Adonais, mientras que el segundo, Poemas a Lázaro, recibió el Premio de la Crítica. Después de un cierto despego de los medios culturales españoles en beneficio de su independencia moral y creativa, se reanudó su reconocimiento en aquellos al concedérsele de nuevo el Premio de la Crítica por Tres lecciones de tinieblas, el Premio de la Fundación Pablo Iglesias (1984) y el Premio Príncipe de Asturias de las Letras (1988).
Desde el principio, su obra mereció la atención de los más importantes estudiosos y escritores (desde Emilio Alarcos Llorach a Pere Gimferrer), a veces significativamente relacionados con espacios diversos de Europa (como Oreste Macrí, Gustav Siebenmann o María Zambrano), de Africa (como Juan Goytisolo o Edmond Amran El Maleh) y de América (como José Lezama Lima, Andrew P. Debicki, José Olivio Jiménez o Juan Gelman).
La riqueza de géneros, formas, contenidos y connotaciones multiartísticas de la obra de José Ángel Valente, tan variada como coherente, está fundamentada en la máxima exigencia crítica y creativa que cualquier escritor en castellano haya tenido alguna vez. No en vano supone al tiempo la culminación del ensamblaje de maestría de la tradición renacentísta y barroca castellana (San Juan de la Cruz, Góngora, Quevedo), conexión con el arte de la meditación (metafísicos ingleses, ascéticos y místicos españoles) y asimilación universalista de la tradición de la ruptura que postulaba Octavio Paz (románticos alemanes e ingleses, simbolistas franceses, postsimbolistas europeos y americanos de vanguardia). Manifestación de la verdadera vanguardia y conciencia crítica de la sociedad contemporánea, la obra literaria y la reflexión intelectual de José Ángel Valente constituyen, en suma, una aportación honesta, radical, completa y absolutamente ejemplar a la cultura de la búsqueda y del conocimiento.

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