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12.1.08

PRIMERA EVOCACIÓN



PRIMERA EVOCACIÓN (1956)
Recuerdo bien a mi madre.Tenía miedo del viento.
Era pequeñade estatura, la asustaban los truenos, y las guerras
siempre estaba temiéndolas de lejos,
desde antes, de la última ruptura del tratado suscrito
por todos los ministros de asuntos exteriores.
Recuerdo que yo no comprendía.
El viento se llevaba silbando las hojas de los árboles,
y era como un alegre barrendero que dejaba las niñas,despeinadas y enteras, con las piernas desnudas e inocentes.
Por otra parte, el trueno, tronaba demasiado, era imposible soportar sin horror esa estridencia, aunque jamás ocurría nada luego;la lluvia se encargaba de borrar el dibujo violento del relámpagoy el arco iris poníaun bucólico fin a tanto estrépito.Llegó también la guerra un mal verano. Llegó después la paz, tras un invierno todavía peor. Esa vez, sin embargo, no devolvió lo arrebata do el viento,
ni la lluvia pudo borrar las huellas de la sangre.
Perdido para siempre lo perdido, atrás quedó definitivamentemuerto lo que fue muerto.
Por eso ( y por más cosas) recuerdo muchas veces a mi madre:
cuando el viento se adueña de las calles de la noche, y golpea las puertas, y huye, y deja un rastro de cristales y de ramas rotas, que al alba la ciudad muestra desolada y lívida;
cuando el rayo hiende el aire, y crepita,y cae en tierra,
trazando surcos de carbón y fuego,
erizando los lomos de los gatos
y trastocando el norte de las brújulas;
y, sobre todo, cuando la guerra ha comenzado,
lejos -nos dicen- y pequeña-no hay por qué preocuparse-,
cubriendo de cadáveres mínimos distantes territorios,
de crímenes lejanos, de huérfanos pequeños...

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