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17.1.09

CORNAMENTA


La pradera era amarilla cuando vi. la luz.
Mis ojos despegaron la lluvia cubriendo mis pestañas.
Escalofríos y calambres, mis escuálidas piernas.
Ah, madre acariciaba mi rostro,
lamía mi pelaje, lenta, infinita.
Cuánta dulzura en su ubre, cuánta innombrable
emoción en mi boca, ¿por qué desdeñar este sol
que calentaba mis orejas, igual que en su vientre?
Después de ese amor todo era fácil, trepar
los montes, esquivar las espinas, la muerte
merodeando detrás de los árboles, de una oscura mira.
Qué súbito placer la primera baya entre mis dientes,
la primera fragancia de la hierba, las hojas
en el otoño, susurrando debajo de mis patas.
La pradera era verde cuando el cielo derramaba azul
sobre los árboles y ramas crecieron de mi frente
cuando ella avisto mis ojos.
El amor era su aroma de hembra, la cadencia
de sus ancas brincando las acequias.
Su cuerpo era un remanso, brillante, incontenible
bajo mi salvaje frenesí.
Era como este celaje que envuelve mi vista
aquí, bajo los matorrales
donde aguardo para morir como mueren las bestias,
abandonando mi cuerpo en el polvo,
oyendo como avanza el agua en el manantial,
esperando que la última gota de sangre fluya
de mi pecho
por culpa de esta bala que atraviesa mi corazón
y mansamente hundo
el hocico en la oscuridad.







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